Hace ya algún tiempo el Gobierno ha reformado las leyes para introducir la “pena de prisión permanente revisable” y renovar la Ley del Menor, influido por el famoso caso de Marta del Castillo, entre otros relacionados con asesinatos cometidos por menores de edad.
Hemos pasado, con ésta, por más de cinco reformas de la Ley del Menor en 12 años, cada una de ellas aún más dura que la anterior, y llevadas a cabo por tanto por gobiernos socialdemócratas y conservadores. Dicha reforma, como las anteriores, tiene un gran apoyo social, como puede observarse en columnas periodísticas, encuestas de opinión o en los comentarios a noticias relacionadas con el tema. El hecho de que la delincuencia juvenil haya estado estancada en torno a una década o que España tenga una de las tasas de delincuencia juvenil más bajas de los países de nuestro entorno no ha sido sacado apenas en estos debates. Estos datos han escaseado en el ámbito periodístico, cuya actividad se ha centrado sobre todo en los aspectos más emocionales y personales de estos casos (repetición de fotos de las niñas asesinadas, testimonios de familiares llorando, anécdotas sobre su vida, invocación a su “inocencia” y bondad, etc). Hay una exposición desproporcionada entre los casos reales de asesinatos cometidos por menores y el tiempo dedicado a ello en los medios de comunicación.
Lejos de caer en teorías conspirativas, creo que hay que ampliar el enfoque de vista.
La Violencia de Género, en este aspecto, es un tema que ha funcionado de un modo parecido. Las cifras reales del problema en España son muy bajas si las comparamos con países de nuestro entorno (como por ejemplo, con los muy igualitarios países nórdicos), y la evolución no ha sido de incremento contínuo. Hemos tenido sucesivas reformas, cada cual más dura que la anterior, y mientras en el caso de los menores se ha preparado, en la práctica, algo más duro que una cadena perpetua como se entiende en otros países europeos (preocupante, por su ausencia de justificación en datos reales de criminalidad, criminalización gratuita de “la juventud” y agitación de la opinión pública), en el caso de la violencia de género se ha violado la presunción de inocencia del acusado, algo que a mi, como partidario del garantismo y la reinserción, me parece monstruoso, algo al mismo nivel . La exposición mediática del problema, de nuevo, no se corresponde con la tasa de criminalidad asociada. Unido, de nuevo, al linchamiento y deshumanización de los maltratadores, los cuales, al igual que los asesinos menores de edad, pueden reinsertarse en la sociedad con tratamiento adecuado, aspectos que suelen aparecer al bucear mucho en periódicos o internet, pero raramente suelen estar en el foco de la noticia. Este suele estar más centrado en pintar como monstruos irrecuperables y sin sentimientos humanos a los delincuentes de cada caso, para los cuales parece haber una competición para ver a quien se le ocurre el castigo más grande y salvaje, incluso en medios socialmente aceptados como moderados. Hasta tal punto se ha llegado que los más jóvenes creen que en la actualidad hay más violencia de género que en el pasado.
El endurecimiento de penas se ha generalizado a casi todos los tipos de delitos o faltas, engordando a niveles desproporcionados la población carcelaria en España a pesar de la ausencia de datos sobre una explosión de delitos juveniles, maltrato u otros muchos. Puede que en el caso, por ejemplo, de la Violencia de Género haya más voces de sectores de izquierdas a favor de su endurecimiento, con más voces conservadoras en contra. También puede que en casos relacionados con delitos de menores haya más voces conservadoras a favor del endurecimiento y etc. De todos modos el endurecimiento penal es, en general, bien recibido, más allá de la realidad delictiva de la que hablemos, de su gravedad real y de sus posibles alternativas de reinserción.
No es mi intención apoyar o relativizar los asesinatos de menores ni la violencia de género: ambos son problemas importantes y reales, que no tienen excusa (pero sí explicación) y que deben ser perseguidos por la ley. Pero sí quiero destacar que la importancia mediática de ambos temas es un síntoma de la victimización de la sociedad española, que con el paso de los años, antes incluso del inicio de la grave crisis económica actual, cada vez más se identifica más con roles pasivos, sufridores, paranoicos, faltos de fuerza y de autoestima.
En este discurso parece que no hay casi nada que no represente una amenaza: niños que matan, maltratadores, inmigrantes que vienen a quitarnos el trabajo, empresarios que se masturban pensando en explotarnos, judíos que controlan el mundo, conspiradores multinacionales que no quieren que haya “cultura libre”, políticos “que no nos representan” a pesar de haber sido elegidos en votaciones con niveles de participación por encima del 70%, “feminazis” que nos impiden ligar, los catalanes/los de la meseta que “nos roban”, sindicalistas malvados, etc. La lista de enemigos todopoderosos que tienen sitiado al asalariado medio no parece tener fin. Ante este panorama sólo queda quejarse amargamente, proclamar la inhibición política como modelo de actuación lógico y desarrollar actitudes antipolíticas, que llevan consigo un deseo insaciable de “mano dura” penal, da igual el delito o falta de la que hablemos.
De la crisis económica sólo podremos salir con reformas de las leyes y con un mejor diseño institucional, lo cual tendrá que venir sí o sí de Europa, y no será fácil. Pero sería importante pararse a pensar qué se puede hacer , sin caer en campañas vergonzantes del estilo “ponerse al revés una prenda de vestir”, para devolver a los españoles la creencia de que su destino depende de ellos. Que somos mayores de edad. Que no estamos condenados a nada. Que la política y los políticos son, hoy, más necesarios que nunca. Que hay que implicarse. Es lógico que en una crisis económica de esta gravedad la autoestima de las personas baje, pero el problema lo teníamos de antes de tener una tasa de paro de más del 20%. Estas actitudes, anteriores a la crisis, son un lastre político importante. La crisis sólo ha agudizado el victimismo que ya existía.
Evidentemente, buenos resultados económicos mejorarían el panorama, pero hay una responsabilidad en la socialdemocracia y el conservadurismo español en el asunto, en el sentido de no haber logrado transmitir ideas de madurez política y responsabilidad individual a sus ciudadanos, más allá de la conocida mayor implicación en la igualdad por parte del progresismo o de la estabilidad y seguridad por parte del conservadurismo. No debería ser incompatible con ninguna de las dos.
¡Qué de tiempo y qué cambio en el blog! A eso que dices, añadiré que un argumento común de columnista, cuando algún joven comete alguna fechoría, es destacar que es un crimen “ocurrido en democracia”. ¡Como si la democracia fuera la panacea de todo, coño! Reino Unido tiene una tradición democrática mucho más rica, pero no se libra de barbaridades que ponen los pelos de punta.
Lo del victimismo, si quieres mi opinión, es un clásico español moderno. En los tiempos de la historia del Santo Niño de la Guardia, por ejemplo, también se daban leyendas similares en el resto de Europa, pero yo diría que todos esos países tienen ahora ciudadanos más maduros, que agarran al toro por los cuernos. Si te fijas bien, unido a lo que te comento de la democracia, esto significaría que los españoles esperan la salvación como algo que viene por sí solo.