Holocausto, banalización y el peso del azar

Actualmente existen dos demandas concretas del público respecto a las representaciones del Holocausto. La primera es una exigencia de historias humanas que incluyan el triunfo final de la voluntad y la determinación. La segunda es la búsqueda de la autenticidad, la de encontrar una historia que realmente sucediera, aunque narrada de acuerdo a representaciones convencionales al cine de masas. En realidad, existe una contradicción obvia entre estas dos exigencias, pues las historias auténticas casi nunca sucedieron de acuerdo a las normas de las representaciones convencionales y rara vez se saldaron con el triunfo del bien.

A pesar de todo, cada cierto tiempo, aparece una película que parece poder triangular el siempre complejo vínculo entre cultura, historia y memoria colectiva. La Lista de Schindler es el ejemplo más representativo. El hecho de que millones de personas que han visto la película de Spielberg tuvieran poco conocimiento previo (o posterior) sobre el Holocausto hace que ésta se haya convertido en su única fuente de información. Limitándose a una historia cuyo poder radica en su supuesta autenticidad y considerando la ignorancia de muchos de los espectadores sobre el contexto histórico, la película distorsiona la realidad del Holocausto, o al menos, ignora muchas otras realidades, en particular la más común: el asesinato masivo e industrial. El mal que muestra la película de Spielberg es un mal que es posible superar mediante determinación. Esto resulta ciertamente perturbador porque millones de personas que fallecieron tenían la misma voluntad, no eran en modo alguno inferiores y, sin embargo, murieron.

La idea de la supervivencia a través de la habilidad personal no debería tener cabida en la reconstrucción histórica del Holocausto. Es una idea tan perniciosa como la contraria, la de que los peores sobrevivieron, mientras que los mejores perecieron. En la película de Spielberg un hecho menor y extraordinario se ha transformado en una representación paradigmática de la historia en su conjunto, desdeñando el hecho de que, en el Holocausto real, la mayoria de los judíos murió, muchos alemanes colaboraron con los verdugos y la mayor parte de la víctimas fue gaseada (…).

En mi opinión, el Holocausto difícilmente puede ser recreado históricamente. Los relatos de aquellos que sobrevivieron distorsionan el pasado, no porque no sean auténticos, sino porque excluyen los relatos de los fallecidos, que fueron la gran mayoría, y que murieron, no porque no desearan ser salvados, sino por una combinación de circunstancias en las que las habilidades personales y la voluntad apenas jugaron un papel destacado, y en las que la suerte tuvo una enorme influencia.

Ninguna representación del Holocausto puede superar el grave problema de la familiaridad de la audiencia con la violencia gráfica de las películas de Hollywood, con la subsiguiente disminución del impacto de estas cintas, que emplean las mismas técnicas que las habituales películas y series policíacas. En esas condiciones, sería deseable abandonar los intentos de representar la crueldad del Holocausto, enfocándose, por ejemplo, en sus aspectos burocráticos como en la película La Solución Final, o investigando medios novedosos de representar con autenticidad el elemento único del Holocausto: el asesinato masivo de seres humanos en las cámaras de gas. El hecho de que los que desean negar o relativizar el Holocausto ataquen precisamente ese aspecto del genocidio de los judíos es la prueba incontestable de su centralidad en cualquier representación del acontecimiento.

“Holocausto, el riesgo de la banalización”, de Álvaro Lozano, en La Aventura de la Historia, Año 13, nº 148, páginas 24-27.

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8 comentarios

  1. Ender dice:

    Primer comentario que le haría a Álvaro Lozano: la principal misión del cine, de Hollywood o de cualquier otra parte, es ENTRETENER. No es educar, ni enseñar historia, ni equilibrar sensibilidades, ni ser fiel a la verdad, ni… es simplemente contar una historia que nos enganche y, si es posible, nos conmueva.

    Segundo comentario (para todos): quitando el punto anterior, estoy bastante de acuerdo con el autor del texto en lo relativo a cómo cuentan la historia los supervivientes, y es uno de los motivos por los que siempre me dejó incómodo, con una sensación de rechazo a lo que estaba leyendo, un libro tan alabado por todo el mundo como “El hombre en busca de sentido”, de Viktor Frnkl: esa especie de idea odiosa de que los que no sobrevivieron es porque no supieron buscar la fuerza y la motivación en su interior, y no por el más puro y abyecto azar.

  2. Ozanúnest dice:

    Ender lleva razón. Añadiría que la gente confunde que una ficción esté basada en hechos reales con que están viendo los hechos reales en sí.

  3. Hasta Uwe Boll se ha unido al cachondeo.

    Dentro de un par de siglos… quién sabe cómo se verá. Me gustaría saber qué pensarían los habitantes del s XVII al ver a nuestros niños disfrazados de piratas.

  4. J dice:

    Dios mío, Santi, me acabo de imaginar a la Pilar Rubio del S. XXIII en una peli sobre el Holocausto.

  5. cives dice:

    Joder macho, qué morbo eso que ha dicho Jorge.

  6. Raúl S. dice:

    Ender:

    Estoy de acuerdo…pero hay que tener en cuenta lo que dice Cives en su enlace (perdona, macho).

    Estoy a medias con ese libro, por cierto. Ya hablaré de él.

  7. Ozanúnest dice:

    Lo que cuenta Cives en su post me ha recordado lo que leí hace ya unos años, no mucho después de los atentados de Atocha: un grupo de gente relacionada con la industria de entretenimiento infantil mantenía que había que hacer una especie de “noticiario para niños”, que pudiera “explicarles a su nivel” asuntos como el de los atentados.

    Aún me da miedo pensar a qué se referían exactamente.

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