La madre de tantos errores: Sobre la Naturaleza Humana, de Edward O. Wilson
Edward O. Wilson era el Mal y este libro su bandera. Esto era, más o menos, lo que podía escucharse a más de un profesor de Psicología de la UCM a finales de los noventa, cuando yo hice la carrera. También había profesores, los menos, que hablaban bien de él. Alguno de ellos lo recomendó como lectura. Obligado, claro, me lo tuve que leer para cierta asignatura. Hace poco he terminado de releerlo.
Para entender la polémica del libro y su autor debemos situarnos en la época en que se escribió: finales de los años 70. Respecto a la psicología, psiquiatría y demás disciplinas relacionadas con “la mente” hay un ambiente de predominancia ambientalista. Dicho con claridad: la “moda científica” o las corrientes más seguidas en el momento hablaban del peso enorme del ambiente en la conducta humana. La sociedad, la cultura, etc. Es la época dorada de la Psicología Social, del experimento de Zimbardo, del libro sobre las conclusiones del inquietante experimento de Milgram, de las dinámicas sociales como provocadoras de trastornos mentales, etc. Ni que decir tiene que eran teorías muy usadas por grupos políticos izquierdistas.
Wilson era biólogo. Aún faltaba mucho para los hallazgos apabullantes de la neurociencia de principios del siglo XXI o para descifrar el genoma humano. Las universidades de Psicología estaban imbuidas por el ambientalismo más extremo, los experimentos más exitosos iban en esa línea, con pocas concesiones a lo biológico. Y Wilson la lió. Pero bien liada.
En 1975, Edward O. Wilson publicó Sociobiología, su obra cumbre, probablemente el libro sobre comportamiento animal más importante de todos los tiempos. El libro tiene 27 capítulos. Los primeros 26 son asunto de especialistas. El último —el célebre capítulo 27, dedicado a la especie humana— generó una de las polémicas más candentes en la historia de las ciencias. Wilson sostiene, en el capítulo final, que el comportamiento social de la especie y la misma naturaleza humana tienen una fundación biológica. Que la ética y la estética tienen una base genética. Que estamos preprogramados de emociones y conocimientos. Que la cultura no arranca de cero, que construye sobre lo heredado.
Después de la publicación de Sociobiología, Wilson fue acusado de racista. De liderar una confabulación capitalista para perpetuar la opresión de los oprimidos. Sus clases en la Universidad de Harvard se convirtieron en mítines políticos. En 1978, en una reunión de la Sociedad para el Avance de la Ciencia de los Estados Unidos, Wilson fue recibido por una multitud rabiosa que lo acusaba de genocida. Uno de los manifestantes le arrojó una jarra de agua en el rostro. Otro le arrebató el micrófono y comenzó a gritar consignas enfrente de una audiencia de mirmecólogos sorprendidos.
Todo este simpático show no duró dos días ni fue una cosa local, como he mencionado en el primer párrafo del post. De todos modos, él no se rindió, y profundizó precisamente en lo dicho en el último y polémico capítulo, escribiendo “Sobre la Naturaleza Humana”. Las tesis principales del libro están más o menos sintetizadas en este fragmento:
La naturaleza humana es, además, una mezcla de adaptaciones genéticas especiales a un medio ambiente que en gran medida ha desaparecido, el mundo de los cazadores-recolectores de la Edad Glacial. La vida moderna, tan rica y rápidamente cambiante como parece a aquellos atrapados dentro de ella, sin embargo, es solamente un mosaico de hipertrofia cultural de las arcaicas adaptaciones de conducta. Y en el centro del segundo dilema encontramos un círculo vicioso: estamos obligados a elegir entre los elementos de la naturaleza humana con referencia a sistemas de valores que esos mismos elementos crearon en una época evolutiva que ha desaparecido hace mucho tiempo. Afortunadamente, este carácter circular del predicamento humano no es tan sólido que no pueda romperse mediante un ejercicio de voluntad.
La revolución de las modernas técnicas neurocientíficas o los avances debidos al estudio del genoma humano terminaron por dar la razón a las bases de las teorías de Wilson, y por desterrar al limbo de los villanos a sus perseguidores (no creo sorprender a nadie al decir que si los estudios y avances no hubieran apoyado lo dicho por Wilson éste hubiera quedado para la posteridad como un bufón cavernario).
Wilson fue malinterpretado. Él no estaba afirmado la superioridad del fascismo o que la “opresión capitalista” estaba justificada, como tanto se llegó a decir. De hecho, en este libro deja más de una perla que huele sospechosamente a tesis no univocamente conservadora, hablando bien de Skinner o de cómo en algunos casos la clase social en humanos puede pesar más que los propios genes.
Y es que este libro y las tesis de Wilson han sido malinterpretadas de varias maneras.
La primera, la mencionada: el marxismo consideraba un insulto hablar de herencia biológica en algún sentido. No contribuyó que Wilson dedicara más de una puya en el libro a los marxistas, pero qué queréis que os diga: si un grupo concreto se organiza sistemáticamente para boicotearte o directamente intentar agredirte es complicado no terminar cogiéndoles algo de manía (ver casos de Arcadi Espada y el nacionalismo catalán o el Gran Wyoming y la derecha esperancista).
La segunda, la actual: la de gente conservadora que comete el mismo error pero en el sentido contrario, creyendo que Wilson hablaba de un molde estrechísimo de hormigón por el cual sólo cabe, curiosamente, su propia versión concreta y personal del conservadurismo.
Cuando Wilson habla de “Naturaleza Humana” no está hablando, como por ejemplo el que escribió el post del último enlace interpreta, de que algo como la socialdemocracia sea un crimen contra la “Naturaleza Humana” y que por tanto haya que votar a Esperanza Aguirre (a la cual ya querían votar los cazadores-recolectores en la Era Glacial, cuna del liberal-conservadurismo católico y patriota español, según parece).
O que leyes que favorezcan la igualdad se salgan de lo genéticamente heredado y vayan “contra la Naturaleza Humana”. La evolución biológica son las paredes a la evolución cultural. Algunas paredes las conocemos: el tabú del incesto, algún tipo de jerarquización (formal o informal) de las organizaciones humanas, la predisposición a la resolución violenta de los conflictos cuando hay escasez de recursos (aunque el ser humano es poco agresivo comparado con la mayoría de animales, en contra del mito de que el ser humano es el ser vivo más “salvaje”), las comunas terminan fracasando siempre, etc. Pero son paredes, no conductos en los que sólo cabe la opción que más nos gusta políticamente.
Otras muchas “paredes” no las conocemos. Parece que la “Naturaleza Humana” es lo suficientemente flexible para que haya mucha diversidad y no un único modelo de conducta o de pensamiento o de sistema político viable, como tanto gustaría a ciertos conservadores confundidos o a demasiados sujetos entusiasmados con una supuesta revolución política mundial que parará la Historia y que se llevará a cabo descargándose cosas desde Megaupload.
Las “paredes” no dan de sí todo lo que nos de la gana (de ahí que la idea de que todo en el ser humano se debe al ambiente es estúpida), pero dejan suficiente espacio para unas cuantas conductas diferentes (de ahí que invocar “la Naturaleza Humana” para, por ejemplo, tachar de aberración contra natura el trabajo fuera de casa de la mujer sea, también, estúpido).
Lo cual nos lleva a la otra idea-fuerza del libro, muchas veces ignorada por aquellos que ven al libro como una herramienta para proclamar la hegemonía intelectual de su cueva intelectual: el objetivo del sexo no es la reproducción (es menos arriesgada y costosa la simple clonación), no es el placer (el placer es una consecuencia), es la diversidad. El sexo es costosísimo en términos de supervivencia (parece que una de las dos o tres primeras causas de muerte en cazadores-recolectores era asesinatos relacionados con peleas por las hembras) o de inversión energética. El sexo ayuda a que los descendientes sean diversos genéticamente. Aquellas especies en las que hay “simetría” tienen más probabilidades de desaparecer. Cuanto más parecidos genéticamente son los miembros de una especie, más probabilidades de que un cambio ambiental, una nueva enfermedad, etc. les afecte a todos por igual. Si hay más variabilidad genética habrá más posibilidades de que la especie no desaparezca (algunos tendrán una combinación de genes que les permitirán sobrevivir). Wilson es, de hecho, el padre del término “biodiversidad”.
Sí, sí, “biodiversidad”, el término que tanto gusta a ecologistas, gente alternativa y demás. Sí, Wilson, el ogro ultraconservador y fascista.
En este punto, es imposible atribuir a Wilson una ideología totalitaria. Un profeta de la diversidad como es él, de que hay que proteger el hecho de que haya variedad y no único camino nunca podrá ser un fundamentalista religioso o político, caracterizados siempre por un pánico a la incertidumbre, a que sea posible que exista un camino que no sea el suyo propio. Lo que Wilson no dice es que estos caminos sean infinitos, dice que son limitados y que algunos nos parecen más bonitos desde el nacimiento, sin que nadie nos lo enseñe. Pero que podemos ir por otros. Y, de hecho, muchas veces esos caminos facilitados es mejor olvidarlos o hacer un esfuerzo consciente por ir por otros…en este sentido me quedo con algo que dijo Eduardo Robredo en los comentarios de un post suyo:
Lo más “natural” para el ser humano parecen ser las sociedades de cazadores-recolectores en las que existían sistemas de jefaturas más o menos igualitarios, pero no “democráticos”. La política (el estado), donde el poder se separa de la sociedad, es un sistema bastante violento con la “naturaleza humana”, de ahí los desajustes que tenemos que pagar: desde la esquizofrenia a las revoluciones.
Los costes de vivir en una sociedad liberal compensan respecto a vivir en una tribu, por eso hay que desconfiar de las teorías del Buen Salvaje, de los “mira que felices son en África aunque tengan poco” y similares: más cercanos a la “Naturaleza Humana” (nótense siempre las comillas) pero con guerras civiles cada dos por tres y hambrunas de campeonato.
Hay quien cae en el error de creer que la sociedad de cazadores recolectores era un sitio mejor para vivir. Hay quien cree que Internet por sí mismo acabará con todos los conflictos, con el egoísmo y demás. Ambos están profundamente equivocados.
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Muy interesante.
Más, más…
[...] avisaron. El eterno ciclo de los mercachifles. Ese maldito ciclo. Esas malditas recurrencias de la amplia naturaleza humana. Esta entrada fue publicada en Gazapones y curiosidades, La sociedad, mis ojos., Pequeños [...]
Lo que me hace gracia es que tanto los inquisidores de Wilson como los proponentes del Buen Salvaje sí cumplen esa idea del “camino único”: no les basta con vivir como dicen sin tener que convertir al resto. A veces, no intentan siquiera lo primero sin intentar lo segundo.