“La Aznaridad” de Vázquez Montalbán
El libro desde la portada deja claras sus intenciones: vamos a hablar de Aznar, vamos a identificarlo con el nacionalcatolicismo y vamos a hacer muchos chistes en el proceso.
El autor tiene talento para hacerlo pasar bien y arrancar carcajadas, casi nadie puede negárselo. El tono del libro es, en general, irónico pero fino, cosa rara, ya que estamos todos hechos una ironía sangrante y casi psicopática (yo también, no quiero engañar a nadie). A ratos se repite más de lo que debería, haciendo la lectura demasiado pesada.
Reconozcaos, eso sí, que tiene ingenio para sacarte más de una sonrisa:
Tuve la osadía de aconsejarle a aquel Aznar en formación que con el tiempo se aceptara a sí mismo y descubriera que no hay que ir por ahí con gesticulación postiza, sino plantearse tal como es: un antipático peligroso. Conozco el paño porque yo he sido antipático casi toda mi vida y no es que haya mejorado con la edad, sino que he llegado a la conclusión de que los demás no se merecen la sinceridad de mi antipatía. De todo aquel que me considera simpático me apunto el nombre y un día u otro lo pagará muy caro.
Lo interesante del libro es ver la perspectiva de uno de los intelectuales clave de la izquierda catalana sobre el nacionalismo español y su principal paladín moderno, Aznar. Se le muestra como un individuo que desea recuperar el nacionalcatolicismo para España, como alguien limitado, antipático, con delirios de grandeza, etcétera. El retrato típico y tópico en el ideario general izquierdista (con añadidos recurrentes, como la burla sobre su gusto por la poesía y en concreto por el famoso poema If).
El tema central del libro es el nacionalismo español típico y tópico como peligro para los nacionalismos periféricos, y más en concreto, el catalán. Intenta justificar la defensa clásica de las izquierdas españolas hacia los nacionalismos periféricos frente al españolista, encarnado en la derecha española:
Los que cuestionamos el nacionalismo como razón suprema de la voluntad política y en ese sentido no asumimos los integrismos nacionalistas, ni el español ni el serbio, a veces parecemos atraídos y agradecidos por la ascensión de los nacionalismos vascos y catalán. No se trata del síndrome de Estocolmo, sino de la ultimación racional de una crisis de cohabitación española. Cuando antes consigan el derecho de autodeterminación en Cataluña y el País Vasco, antes podremos afrontar el rediseño de esa cohabitación, ya sin el menor complejo de culpa de nacionalismo español dominante.
Aunque parezca a día de hoy un argumento bobo (éste artículo de Javier Cercas explica muy bien el porqué: lo suscribo de principio a fin), esa posición no era tan rara no hace tanto, cuando la izquierda catalana y las del resto de España no estaban tan enfrentadas (quizás antes del trámite del famoso “Estatut”).
Habla mucho el autor sobre la necesidad del gobierno central de hacer que Cataluña se sienta más querida por el resto de España, de no ondear mucho la bandera española para no ofender a nadie y cosas así. Cuando oigo o leo esas cosas llego a la conclusión de que los políticos de Cataluña deben ser todos buenísimos y que han solucionado todos los problemas de allí, pero que los que fallan son los psicólogos y psiquiatras catalanes, que no han sabido solucionar los gravísimos problemas de autoestima que campan por las tierras catalanas. Total, sus problemas no tienen que ver con la clase política, económica, sindical o empresarial catalana, sus problemas se limitan a que sienten que desde más allá del Ebro (o en “ciudades africanas”) no se les quiere. Bueno, y a que esa falta de amor (o directamente odio) es la fuente de sus problemas. En todo caso, sus problemas vienen de fuera de Cataluña, nunca de dentro.
Esta exitosa explicación que consiste en echar tu propia mierda a “los otros” la hemos copiado en Madrid, ya que Esperanza Aguirre aplica el mismo patrón: Madrid lo hace bien, pero Zapatero y los “catalufos” nos quieren joder. Todo ello con gran éxito de crítica y público (ver elecciones autonómicas). En ese punto, los nacionalismos catalanes y vascos han sido grandes precursores de todo un modo de actuar que luego Esperanza Aguirre o Camps han sabido copiar y adaptar a sus realidades autóctonas. Luego los problemas reales siguen ahí, pero oye, lo que nos hemos divertimos lanzando mierda en catapulta a “los otros” no nos lo quita nadie. Y si no te gusta vete del pueblo, traidor a la patria.
En el libro se pueden ver vestigios de lugares comunes que ya no lo son tanto, como una crítica a la Ley de Partidos, que según salió desató polémica. Las críticas van desde la limitación de libertades hasta su ineficacia para combatir el terrorismo. Sí, ineficacia. Pero es que muchos estábamos en esos sitios por aquel entonces. Como reflejo de ciertos consensos izquierdosos que ya no lo son el libro es estupendo.
Y Aznar, claro. Dentro del contexto de la época y lugar, las ideas de Vázquez Montalbán tienen su sentido, pero donde falla más clamorosamente es en el intento de ridiculizar a Aznar y reducirlo a alguien antipático a ojos del lector. De hecho, es al contrario: el personaje termina cayendo hasta bien. Y esto tiene mérito: soy de izquierdas, me manifesté en su momento no sé muy bien cuantas veces contra decisiones de su gobierno y animé a mucha gente a dar una patada en el culo de Rajoy para que la sintiera Aznar, todo ésto muchos meses antes de las elecciones.
Por ejemplo, se incide en que es un personaje frío con los más cercanos, incluidos los periodistas y medios afines. Viendo cosas como la TDT Party del PP o la apertura de la Sexta del PSOE, es un halago. Pero de los grandes. No es nada nuevo: Pedro J. en “Amarga victoria” ya contaba que en su momento de mayor amistad con Aznar éste nunca fue muy simpático, y menos aún cuando fue presidente. Contaba alguna escena de extrema frialdad con periodistas derechosos que le limpiaban el pompis día sí y día también. No era que Aznar creyera en la neutralidad informativa (ver TVE made in Urdaci o la ya olvidada Guerra del Fútbol contra el grupo PRISA), era una cuestión de personalidad: le incomodaban esas cosas. De todos modos, es algo a favor de él.
Otras cosas en las que se incide son conocidas por otros muchos escritos de signo contrario a éste. Como por ejemplo, su incomodidad ante la gente carismática, simpática o sociable. Se habla de la obsesión enfermiza con la sombra de González, del trauma que le ocasionaba su absoluta falta de carisma o habilidades oratorias. De su carácter introvertido, arisco, rencoroso. Se recalca tanto en el libro todos estos defectos y toda esta batalla del friki callado, trabajador, falto de talento y poco simpático incluso con sus allegados que uno termina cogiéndole cariño.
Sí, a Aznar.
La pintura plantea cómo alguien así, predestinado a ser un oficinista gris cabreado (como la mayoría de los españoles), pelea contra el simpático de la oficina, el talentoso, el que se las lleva de calle, al que odia. No sólo eso, es que le gana. Gana al carismático, al querido, al invencible. El friki introvertido y sin talento le gana. A pesar de eso, sigue acomplejado y actúa como tal, como debía ser para que el relato fuera auténtico y honesto, cual Peter Parker que lo primero que hace cuando tiene superpoderes es intentar sacar tajada de ello. No sólo eso: el friki termina sintiendose orgulloso de ser poco simpático, carismático y lo convierte en un virtud.
Yo, como friki introvertido, sin talento y tirando a arisco incluso con amigos, tengo más facilidad para en el relato de Vázquez Montalbán empatizar con Aznar que con Felipe González, Pujol o demás personajes del libro. Al intentar ridiculizarle e insistir tanto en estos puntos, Vázquez Montalbán consigue, creo que sin querer, lo contrario: hace el mejor relato épico y reivindicador de Aznar que he podido leer, sobre todo porque de intentos de hacer pasar a Aznar por un gran estadista no hay ni rastro en el libro (como sí pasa en otros de gente con aspiraciones a esbirro pagado con fondos públicos). Lo cual es tremendamente triste, para el autor y para mi, ya que nunca aguanté a Aznar, cosa que fue empeorando con el tiempo, aunque esto es esperable de casi cualquier izquierdista de este país, creo.
Para acabar, es especialmente tierno el capítulo dedicado al Real Madrid, al que, como no, se pone como el símbolo de la madrileñización de la política. Se habla de la época de Zidane, Figo y Roberto Carlos, que supongo que debían ser agentes concienciadísimos de la necesidad de extender Castilla a las regiones del Imperio aún sin convencer de lo bueno que es el cocido madrileño. Aznar era del Real Madrid, y Franco también. Dice el autor que por todo ésto no se imagina mejor enemigo que el Real Madrid. Entiendo al autor si vivieramos en los años 50-60, pero estando ya entre los años 1996-2000 la cosa es rara. Tan rara como reclamar a jugadores profesionales que renuncien a ganar el doble o el triple por algo tan engañoso como “el amor a los colores”. Los futbolistas son trabajadores, muy bien pagados, pero trabajadores. Yo estoy donde me pagan. Si te pagan el doble o el triple, es normal que te vayas. Todos los clubs tienen que funcionar como empresas, y los futbolistas como trabajadores. El que se enajene de ésto vive en otro mundo. Las consideraciones político-ideológicas en el mundo de futbol van por esos lares. Claro que vendemos la camiseta. Es que en el mundo real hay que vender la camiseta: era cuestión de tiempo. Mientras tanto, el coro de perroflautas futbolísticos seguirá moralizando sobre el Bien y el Mal en algo que consiste en ver quien mete más goles, mientras tanto Italia sigue siendo el equipo europeo con más mundiales.
Seguimos creyendo que quien gana es quien se lo merece. Nos gusta pensarlo. Pues no. Gana el que mete más goles, el que mata a más gente o el que saca más votos. El merecimiento o falta de él va por otro lado. Este perroflautismo fomenta la comodidad y la vagancia, al creer que los “buenos” vencerán por designio divino, que los derechos laborales vienen del cielo o que el estado del bienestar se sostiene sólo sin reformas.
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Esta es una demostración de que los escritores, aunque sean vistos como el parangón del espíritu y la intelectualidad, pueden tener los mismos prejuicios que el resto.
Mira Raulete, creo que no te has enterado absolutamente nada del libro, o almenos no has pillado lo más relevante.
El libro es pura ironía desde que empieza hasta que acaba, por lo que tu crítica hacia el libro me ha hecho entre gracia y pena.
Es el mejor libro de crónica política que me he leído nunca, a traineras de cualquiera que haya pasado por mis manos, que no son pocos.
@Mango
Usar la ironía está muy bien, pero no es una excusa para que lo criticado o la forma de la crítica sean pobres o incluso, como en el libro, contraproducente. Y es lo que pasa, básicamente.
Me parece muy bien que crea vd. que es el mejor libro de “crónica política” que ha pasado por sus manos. También hay gente que, en ese sentido, cree que Iker Jiménez hace “divulgación científica”.