La crisis (como el infierno) son los demás
Leyendo por aquí y por allá sobre el recorte de Zapatero (1, 2, 3, 4, 5), me he acordado de algo que he pensado más de una vez cuando he visto el programa “Ajuste de Cuentas” de Cuatro.
Para quien no lo conozca (y no tenga ganas de meterse en el enlace), simplemente decir que trata de un programa en el que un asesor intenta ayudar a familias que tienen problemas económicos. Por ejemplo,es ilustrativo el siguiente vídeo de apenas tres minutos:
La pareja en cuestión no parece estar en el rango de población que no puede sumar lo que gana o que es incapaz de hacer una resta con sus gastos: no es un problema de inteligencia. Los datos de sus ingresos o sus gastos no están ocultos en libros de señores austríacos o británicos que escribieron cosas raras en los años 30 del pasado siglo, con el extracto del banco valía: no es un problema de conocimiento. Los problemas de esta pareja (y de otras tantas, no sólo del programa) venían de cosas diferentes al CI o al desconocimiento del Keynes/Friedman.
Los problemas vienen de determinadas ideas perjudiciales para su economía personal (ej, “tengo facturas sin pagar, pero mejor ni abro las cartas y voy tirando”). Además del apego esperable (y racional hasta cierto punto) al status quo, se puede ver en los sujetos del programa un discurso común: todo lo que les pasa es inevitable, no podría pasar de otra manera y es inútil intentar cambiar nada, por lo tanto, sigamos como estamos, con nuestro gasto desmadrado comparado con lo que ingresamos.
La clave es saber de donde viene este discurso muy común (y ya nos salimos del programa de televisión) consistente en maldecir nuestro destino inevitable y que, en consecuencia, lo mejor es dedicarnos a nuestras pequeñas idioteces. Esto es algo distinto a reconocer que los cambios suelen ser complicados y que puede que no todo lo que funcione a otros o en otros países funcione igual para nosotros/para nuestro país: hablamos de fatalismo y de sensación total de que lo que nos está pasando no depende de nosotros para nada (lo cual lleva a quejarse cuando alguien intenta cualquier cambio más o menos importante).
Hablando del “realismo depresivo” ya comenté que son los que tienen depresiones moderadas los más realistas, más que los sujetos sin ella. Parece que el mundo se parece más a cómo lo ven los depresivos menores: realmente no tenemos tanto control sobre nuestras vidas, el papel del azar (=la varianza error/lo que no sabemos) es más grande del que nos gustaría, etc. Es el equivalente a un sano escepticismo (y una de las bases ideológicas de un conservadurismo inteligente…y también del neoprogresismo). Pero hablamos de lo incapacitante, lo que te hace creer que no tiene sentido ni intentar cambiar.
¿Cómo se ha convertido este discurso en el dominante a nivel de calle? Eso es lo que llevo preguntándome desde hace semanas. A nadie le gusta trabajar más años para tener lo mismo o que le bajen el sueldo, eso no necesita mucha explicación. Los dos últimos presidentes de gobierno y sus pelotas mediáticos han vendido una prosperidad que no era tal, y seguro que ha contribuido a que creamos de verdad que ese vivir por encima de nuestras posibilidades era real (¡e inevitable!): mucha gente se ha “aristocratizado”, pasando a creer que ese nivel de vida o el actual estado de cosas le corresponde por nacimiento y no puede perderlo. Algo de todo ésto creo que hay, pero noto que se me escapan muchas cosas en el tema.
Pero no sé qué respuesta más o menos satisfactoria dar, y el tema creo que es importante. Es lo que hace que o la gente vea inútil cambiar nada o que vea conspiraciones judeo-masónicas (no visiteis lo hecho por Forges últimamente si alguna vez le habeis apreciado, por favor) o que le eche la culpa a los inmigrantes, lo que sea con tal de no reconocer que hay cosas que podemos hacer nosotros y que, sin llevarnos a un supuesto paraíso, puede que nos ayuden a que esto huela algo menos.
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