Adicción a interné y otros horrores reptantes

Gran artículo de El País sobre el mito de la adicción a Internet como trastorno de conducta.

Desde hace bastantes años ya empezó a discutirse que la adicción a internet existiera:

No research has yet established that there is a disorder of Internet addiction that is separable from problems such as loneliness or problem gambling, or that a passion for using the Internet is long-lasting.

Y seguimos en ese punto, por cierto: síntoma, no trastorno.

De la eterna lucha por lo racional y etc.

Aquella discusión, como tantas otras, no iba a acabar bien. En el fondo el problema es mío, por intentar, a pesar de los años, la calvicie y la experiencia acumulada de cómo funcionamos mentalmente, seguir creyendo que debatir y poner pegas cuando la gente a tu alrededor dice barbaridades sigue teniendo sentido.

En esta ocasión estaba hablando con el Sujeto 1 y con el Sujeto 2 sobre los famosos recortes económicos de Zapatero. Había algunos sitios comunes en todo aquello: Zapatero ha tardado en reaccionar, debería irse, etc.

La polémica venía de por dónde debían venir los recortes. Sujeto 1 decía que los ministros y diputados tenían que estar fundiéndose el presupuesto general del estado a ritmos escandalosos, pero quitan el dinero a los funcionarios y daban patadas a los abuelos. El Sujeto 2 seguía en esa línea, diciendo que el mayor gasto en España era el de los políticos. En ese momento dije que muy bien, que se baje el sueldo a los políticos por aquello de “estamos todos en el mismo barco”, etc, pero que fuéramos conscientes de que eso era calderilla comparado con otros gastos.

Se lió una buena. Resumiendo: anécdota de mi tio, anécdota de un amigo de mi novia, anécdota “que todo el mundo sabe” y algún “eso no se lo cree nadie”. Dije que eso era fácil de demostrar, que les mandaría un enlace al día siguiente donde quedaba muy claro que el mayor gasto de España es en pensiones.

Enlace mandado.

¿Cuáles fueron las contestaciones? Cosas del estilo: “Que te van a decir ellos, ¿qué se lo funden todo? Pues no, claro, mentirán y fabricaran esos datos para justificar lo que hacen”, “eso es mentira, porque (anécdotas personales o similares)”.

Al final, da igual que yo tuviera razón, fuera más o menos guapo y/o listo (o todo lo contrario). Lo que importaba es en qué apoyabamos cada uno lo que defendíamos. Podían haberse sacado algún artículo en el que se critique el cálculo de esa página, dar unas razones o mandarme una información sobre el gasto de los políticos y su enorme peso en la economía nacional, no sé. Algo. Pero no: anécdota, “todo el mundo sabe” y más anécdotas.

Saco todo esto (que es una anécdota, bfff), para prevenir a los que creen que podrán convencer a la gente mostrándoles estadísticas, gráficas y demás. Quizás lo consigas con algunos, claro, pero hay un porcentaje indefinido de la población, no precisamente minoritario ni ignorante ni tonto, que se niega a aceptar cualquier dato. Es más, que se niega a debatir en torno a datos, estudios o demás.

¿De dónde viene esta cerrazón? Lo comentaba Eduardo en este estupendo post (leedle, malditos). Y espero hablar de ello dentro de poco algo más en detalle.

La crisis (como el infierno) son los demás

Leyendo por aquí y por allá sobre el recorte de Zapatero (1, 2, 3, 4, 5), me he acordado de algo que he pensado más de una vez cuando he visto el programa “Ajuste de Cuentas” de Cuatro.

Para quien no lo conozca (y no tenga ganas de meterse en el enlace), simplemente decir que trata de un programa en el que un asesor intenta ayudar a familias que tienen problemas económicos. Por ejemplo,es ilustrativo el siguiente vídeo de apenas tres minutos:

La pareja en cuestión no parece estar en el rango de población que no puede sumar lo que gana o que es incapaz de hacer una resta con sus gastos: no es un problema de inteligencia. Los datos de sus ingresos o sus gastos no están ocultos en libros de señores austríacos o británicos que escribieron cosas raras en los años 30 del pasado siglo, con el extracto del banco valía: no es un problema de conocimiento. Los problemas de esta pareja (y de otras tantas, no sólo del programa) venían de cosas diferentes al CI o al desconocimiento del Keynes/Friedman.

Los problemas vienen de determinadas ideas perjudiciales para su economía personal (ej, “tengo facturas sin pagar, pero mejor ni abro las cartas y voy tirando”). Además del apego esperable (y racional hasta cierto punto) al status quo, se puede ver en los sujetos del programa un discurso común: todo lo que les pasa es inevitable, no podría pasar de otra manera y es inútil intentar cambiar nada, por lo tanto, sigamos como estamos, con nuestro gasto desmadrado comparado con lo que ingresamos.

La clave es saber de donde viene este discurso muy común (y ya nos salimos del programa de televisión) consistente en maldecir nuestro destino inevitable y que, en consecuencia, lo mejor es dedicarnos a nuestras pequeñas idioteces. Esto es algo distinto a reconocer que los cambios suelen ser complicados y que puede que no todo lo que funcione a otros o en otros países funcione igual para nosotros/para nuestro país: hablamos de fatalismo y de sensación total de que lo que nos está pasando no depende de nosotros para nada (lo cual lleva a quejarse cuando alguien intenta cualquier cambio más o menos importante).

Hablando del “realismo depresivo” ya comenté que son los que tienen depresiones moderadas los más realistas, más que los sujetos sin ella. Parece que el mundo se parece más a cómo lo ven los depresivos menores: realmente no tenemos tanto control sobre nuestras vidas, el papel del azar (=la varianza error/lo que no sabemos) es más grande del que nos gustaría, etc. Es el equivalente a un sano escepticismo (y una de las bases ideológicas de un conservadurismo inteligente…y también del neoprogresismo). Pero hablamos de lo incapacitante, lo que te hace creer que no tiene sentido ni intentar cambiar.

¿Cómo se ha convertido este discurso en el dominante a nivel de calle? Eso es lo que llevo preguntándome desde hace semanas. A nadie le gusta trabajar más años para tener lo mismo o que le bajen el sueldo, eso no necesita mucha explicación. Los dos últimos presidentes de gobierno y sus pelotas mediáticos han vendido una prosperidad que no era tal, y seguro que ha contribuido a que creamos de verdad que ese vivir por encima de nuestras posibilidades era real (¡e inevitable!): mucha gente se ha “aristocratizado”, pasando a creer que ese nivel de vida o el actual estado de cosas le corresponde por nacimiento y no puede perderlo. Algo de todo ésto creo que hay, pero noto que se me escapan muchas cosas en el tema.

Pero no sé qué respuesta más o menos satisfactoria dar, y el tema creo que es importante. Es lo que hace que o la gente vea inútil cambiar nada o que vea conspiraciones judeo-masónicas (no visiteis lo hecho por Forges últimamente si alguna vez le habeis apreciado, por favor) o que le eche la culpa a los inmigrantes, lo que sea con tal de no reconocer que hay cosas que podemos hacer nosotros y que, sin llevarnos a un supuesto paraíso, puede que nos ayuden a que esto huela algo menos.

La mente humana y la guerra (II): la “deshumanización” del soldado

Es humano todo lo que puedan hacer los humanos. Dar besos, ayudar, etc, pero también torturar, cometer genocidios o apuñalar a gente por la espalda. Todo es igual de humano, no sólo lo que nos gusta. Y es al ser humano como ser desnudo, lleno de miedo, rencor, sueños, ganas de ser libre y de putear a los demás del que hay que hablar y con el que hay que tratar, no de una invención cándida e inocente (prejuicio típicamente izquierdista) o de una que caracteriza al hombre como un monstruo sin remedio (prejuicio típicamente conservador).

Cómo funcionamos en tiempos de paz no es igual a cómo funcionamos en una pelea o un combate. Los tiempos de respuesta son totalmente distintos: pillar tarde un chiste u olvidarte de llamar a tu querida tía Petunia no tiene las mismas consecuencias que mostrarte indeciso en medio de un tiroteo. Velocidades de procesamiento de la información y de reacción distintas, y que posiblemente necesitarían procesadores distintos…pero sólo tenemos un cerebro.

¿Cómo lo hacemos? Es la supervivencia lo que está en juego…pero al volver de la guerra/de la pelea es poco adaptativo mantener la vigilancia constantemente y actuar de modo automático y contundente. Sólo tenemos un cerebro…

Los frikis informáticos podrían decir que podemos hacer una partición del disco duro, y en una parte instalar Windows y en otra Linux. Dos sistemas operativos que usaremos según circunstancias diferentes.

Esto nos permite responder rápido y contundentemente en un contexto (guerra) y con más calma y con menos peligro en otros (paz). Esta partición puede hacerse de modo “natural” (ya en la propia batalla nos acostumbramos a “cambiar el chip”) o bien formación típicamente militar, que si vemos lo normal es que nos parezca embrutecedor y humillante, pero en términos psicológicos lo que se está haciendo es “particionar” el disco duro cerebral para que luego en la batalla no tengas que hacerlo tú (haciéndote menos eficaz en batalla mientras tanto pero también aumentando las probabilidades de que te maten: la diferencia entre milicias populares y soldados profesionales no es sólo tecnológica o cuestión de reconocer y disparar mejor, la psicológica no es menor).

Hay trastornos que funcionan de un modo parecido, pero esto no es un trastorno, de hecho ya hemos visto que la mayoría de soldados que han ido a la guerra no desarrollan trastornos mentales. En este caso, al volver a situaciones de paz el sujeto vuelve a cambiar el tipo de procesos cognitivos y tiempos de procesamiento, teniendo una conducta diferente. Cuando no es así tenemos el raro pero conocido caso del soldado que sólo encuentra sentido a su vida en la guerra: no hay “particionado” el disco duro, es que se ha cepillado uno de éstos. El entrenamiento y formación militar aceleran lo que pasaría en tu mente si consiguieras sobrevivir. Hablo en términos generales, como siempre: como es de esperar hay gente que no es capaz de hacer esta partición, y sigue pensando y manejando sus emociones como si no estuviera en un combate (lo cual le hace candidato a dejar el frente, por su bien y el de los demás soldados). De todos modos, de esta “partición” es de donde pueden venir (entre otras muchas cosas, cuidado) las mayores probabilidades a tener trastornos de los que combaten en una guerra. Al fin y al cabo, los que no lo han vivido no han necesitado forzarse cognitivamente hasta ese punto y siempre han funcionado en el mismo tipo de entorno (y con el mismo sistema operativo!). El soldado, al volver al tiempo de paz, sigue teniendo los procesos automatizados cognitivos que le ayudaron a sobrevivir. La mayoría lo maneja “bien” (sin caer en lo patológico), aunque la guerra suele cambiar a la gente.

Aquí no entra el fenómeno de la deserción, el cual puede darse aunque el sujeto sea perfectamente capaz de cambiar de chip (puede que vea la cosa perdida, no haya incentivos en forma de castigo o recompensa para seguir, motivos ideológicos, etc). Hablamos de capacidad para hacerlo, no de la motivación (o falta de ella).

Para finalizar, comento lo poco útil que es meter a locos o psicópatas en el ejército. Los esquizofrénicos (locos) no son más agresivos o peligrosos que las personas normales (su indice de asesinos no es superior al de la población normal), y su enajenación con la realidad puede hacer “complicado” que sigan órdenes en un entorno que requiere mucho control. Hay y habrá psicópatas en el ejército (como en todas las ocupaciones que impliquen poder sobre los demás), pero como candidatos ideales fallan bastante: son el egoísmo personificado, y el ejército necesita disciplina. Pueden ser eficientes matando (o no) pero pueden poner en peligro operaciones por su indisciplina y falta de solidaridad con los compañeros.

Como decía un profesor mío en la Facultad de Psicología de la UCM, el Dr. José Ignacio Robles Sánchez, comandante del ejército español (sí, teníamos a un militar dándonos clase), “más nos vale a los países democráticos tener a soldados sanos mentalmente, por imagen y por utilidad”. En esta interesante entrevista que le hacen desde Infocop online, menciona las fases de preparación de un contingente español cuando hay una operación:

1. Fase de Concentración o Predespliegue
2. Fase de Despliegue u Operaciones
3. Fase de Postdespliegue o Postmisión

Esto puede tener que ver con lo mencionado antes: la concentración ayuda a cambiar a la partición mental que nos interesa y la fase de postdespliegue nos hace volver a la otra “en tiempos de paz”. Son distintas la percepción del tiempo, de las rutinas, el uso de las emociones…en palabras del Dr. Robles:

Del mismo modo que hay una preparación previa a la misión, también se necesita una cierta preparación para la vuelta a casa, a las rutinas diarias. Durante la misión, la vivencia del tiempo es distinta de la que puede tener la familia aquí.

Resumiendo los dos post, el ser humano es muy resistente a la hora de combatir en una guerra y el adiestramiento militar lo que hace es acelerar el proceso que normalmente se da en la mente de alguien que combate durante un tiempo, en principio no es en sí mismo algo deshumanizante (sí puede ser brutal, pero eso ya dependerá de qué régimen político tenga el país, la época histórica, etc).

P.D.: Post tremendamente lleno de metáforas. El cognitivismo nos ha hecho a los psicólogos hablar demasiado en términos de procesos, procesadores y demás comparaciones con lo que hace un ordenador. La cosa, como es normal, da para libros enteros y esto es una simplificación. Pregunten o critiquen lo que quieran.

La mente humana y la guerra (I)

Leyendo éste post a Jose me acordé del tema, que tenía en la lista de “cosas que escribir” desde hace tiempo. Normalmente al hablar de la guerra suelen aparecer varios temas relacionados con la Psicología:

a) Los efectos traumáticos de la guerra en la mente humana
b) El proceso de “deshumanización” del soldado para que pueda combatir
c) La caracterización del soldado como un psicópata “fabricado” (consecuencia de lo anterior)

Todos conocemos películas de la guerra de Vietnam, en las que los soldados estadounidenses llegan a casa traumatizados por las masacres, violaciones y demás que han contemplado. Este estereotipo ha calado profundamente en la cultura popular: ir a la guerra te deja mal de la cabeza, etc. Normalmente se suele hablar del Trastorno de Estrés Postraumático (TEP, de ahora en adelante: aquí teneis lo que es, con la base neurológica que tiene detrás), que tanto juego da para películas y libros: soldados con flashbacks de la guerra, re-experimentaciones, etc. A veces también de la depresión.

Pero lo normal no es ésto.

A nivel general, la prevalencia para el TEP es del 1 al 14%, estando en EEUU en torno al 3%. El porcentaje de gente que sufre depresión en los EEUU está entre 5-7%.

¿Qué porcentajes tienen los soldados que han ido a Irak? TEP tienen un 16,7%, la depresión un 10,3%.

¿Y los que lucharon en Vietnam? El TEP alcanza al 15-20% de soldados casi veinte años después de la guerra. Hay incluso estudios sobre soldados de la ONU, pero en general la tasa del TEP o de la depresión es muy parecida en casi todos los casos estudiados. Parece que recién llegados no hay tantos con problemas de salud mental, disparándose éstos en unos pocos meses y reduciendose poco a poco con el tiempo, hasta ser los menos los que aún tienen algún problema.

Como es normal, habrá casos que no se sepan de depresión o TEP (y unos cuantos charlatanes que han pasado por gente con problemas mentales). Es lo que tenemos, de todos modos. Y lo que tenemos es un tanto curioso: la terrible guerra de Vietnam dejó al 15-20% de los soldados “tocados”…dejando a un 80% de soldados sin TEP. Podremos discutir sobre porcentajes, ya que hay muchísimas páginas y noticias al respecto sobre el volumen de gente afectada psicológicamente, pero las tasas de las que hablamos están por debajo del 20% en TEP. Los estudios en heridos en combate también van en esta línea.

Combatir en una guerra no es una experiencia agradable ni gloriosa (“Wars not make one great”, como dijo el maestro), pero la mayoría de sujetos vuelven sin trastornos mentales. Es cierto que pasar por una guerra aumenta las posibilidades de tener trastornos mentales o que aumenta su frecuencia a medio plazo, pero, repito, la normalidad es no tenerlos. Parece increíble para los que hemos crecido gordos y felices en el primer mundo, pero tampoco hay que dar muchas vueltas para pensar, entre otras cosas, en razones evolutivas a esta “normalidad” de la mente de los soldados que han pasado por una guerra. Esto nos llevaría al debate sobre si existe o no una disposición en la condición humana hacia la guerra. Resistencia mental parece que sí hemos heredado o tenemos, y la resistencia ante determinados estímulos (los de la guerra) no implica predisposición hacia ellos (p.ej., tendrás aguante a altas temperaturas, pero eso no implica que vayas instintivamente hacia ellas). En todo caso, si esta disposición existe es otro tema mucho más complejo, así que me quedo con el mensaje del post: el ser humano cuando va a la guerra tiende a tener una resistencia psicológica muy alta, contrariamente a lo que puede parecer por elementos de la cultura popular o informaciones periodísticas variadas mal enfocadas.

Por otro lado, Florentino Moreno, psicólogo social de la UCM especialista en los efectos psicológicos de la violencia, añadía algo interesante a esto: los soldados que intervienen en las guerras tienen un mayor porcentaje de tener trastornos mentales, aunque en la práctica la mayoría no terminan desarrollando trastornos, pero los que de verdad tienen cifras espantosas de trastornos mentales son los refugiados, presos y, en general, la parte de la población que no combate y sufre los “efectos colaterales” de la guerra.

Las cifras que suelen manejarse son terroríficas, y tienen cierto sentido: tú puedes matar, matar y seguir matando, eres una parte activa en lo que pasa, tienes cierto grado de control, lo cual reduce la incertidumbre (hasta cierto punto: es mejor estar en casa jugando a la Wii, claro). Pero el que no combate tiene mucho menos control sobre lo que pasa, su capacidad para modificar lo que ve a su alrededor es mucho menor: la falta casi absoluta de control sobre lo que pasa en su entorno se parece bastante a lo que es una depresión (da igual lo que hagas: nada cambiará, son otros los que en masa ocupan casas, matan y destruyen cosas). El papel activo en las situaciones violentas parece prevenir el trastorno mental futuro, el papel pasivo parece favorecer a lo grande el desarrollo de trastornos mentales.

Hablaré de los otros dos puntos en el siguiente post (como mucho en dos post más).

Sobre la edad penal de los menores

Alfredo Oliva habla en su blog sobre la modificación de la edad penal para los menores:

Para quienes deben ser apartados de la sociedad por sus delitos, no es lo mismo un centro orientado a su recuperación que otro dedicado a su custodia. Los centros para menores procuran ofrecer a los adolescentes antisociales un contexto favorable, no limitando su acceso a experiencias necesarias para alcanzar la madurez. Por el contrario, las cárceles son entornos aversivos en los que el contacto con otros delincuentes adultos servirá para fortalecer en ellos sus tendencias antisociales. No es de extrañar que la mayoría de estudios encuentren que, en igualdad de condiciones, la reincidencia es mayor en los menores internados en centros penitenciarios ordinarios. No parece, por tanto, que a largo plazo la reclusión desde pronto en prisiones cumpla la función de proteger a la sociedad, ya que bien puede estar contribuyendo a la reincidencia de los menores encarcelados.

Tendemos a dividir la sociedad en víctimas y verdugos, en lobos y corderos. Tendemos a pensar que ni nosotros ni nuestros hijos estamos en el lado oscuro. Pero si uno de nuestros hijos adolescentes entrara en algún momento en contacto con el sistema penal, ¿querríamos para él una ley punitiva aplicada en un entorno carcelario adulto o una ley rehabilitadora que le permitiese no sólo cumplir una pena, sino también integrarse luego en la sociedad?